Reflexiones desde Barcelona

Vengo de una familia en la que predominan los profesores. Nunca comprendía la charla que me pegaban acerca de lo satisfactorio que es la enseñanza, transmitir tus conocimientos y ver el proceso de aprendizaje reciproco que se crea entre maestro y profesor. A mi, supongo que por desconocimiento, nunca me atrajo.

Cuando María me propuso el proyecto, me asusté. ¿Clases de fotografía? ¿En inglés? ¿a Birmanos? ¿en Tailandia? ¿Con adolescentes con una cultura visual nula? ¿Estas segura? ¿Por qué no nos vamos a la playa como la gente corriente?

Después comprendí mi alto grado de error. Jamás aprendí tanto en mi vida como en esos seis meses junto a los alumnos y María.

El primer día de clase, los tenía de corbata. Muchos alumnos, demasiados, desmedido y, muy serios. Maria me tuvo que sujetar para no salir corriendo cuando todos se inclinaron para hacernos el saludo oficial que los birmanos ejecutan al unísono para recibir a los profesores al inicio de la clase.

Ahora, dos meses después de volver, comprendo la importancia de todo el proyecto que hemos vivido. Y entiendo lo que les supuso a ellos todo lo que compartimos juntos. La importancia de lo que ha sucedido ha sido el conocernos. La fotografía creo que se acabó convirtiendo en una herramienta para que esos chicos tan inexpresivos aparentemente, nos transmitieran sus vidas a través de cientos de fotos diarias.

¿Qué les enseñamos aparte de diafragma y velocidad? Pues a que ellos tienen potencial para hacer lo que se propongan. También a ser creativo en todos los aspectos de su vida. Y lo más importante, les tendimos un puente para que sean capaces de recurrir a la imaginación, una isla mental que jamás les puede ser arrebatada.

Ahora a procesar, dar a conocer el proyecto mostrando el trabajo de los alumnos y con muchas fuerzas para afrontar un segundo reto potenciando lo que funcionó y corrigiendo los muchos errores que seguro que habremos cometido y que ahora estamos valorando.

Y me quedo con una frase que nos dijeron al llegar, AYUDAR NO ES FÁCIL, y así fue, pero mereció la pena.

 

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